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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Lobos de mar

El capitan Llovet era el vecino más importantedel Cabañal, una población de casas blancas de un solo piso, de calles anchas,rectas y ardientes de sol. La gente de Valencia que veraneaba allí miraba con curiosidad al viejo lobo de mar, sentado en un gran sillón bajo el toldo que sombraba la puerta de su casa. Cuarenta años a la intemperie, en la cubierta de un buque, le habían infiltrado la humedad hasta los mismos huesos y, exclavo del reúma, permanecía en su sillón, prorrumpiendo en quejidos y juramentos cada vez que se ponía en pie. Sus ojos grises, de mirada fija e imperativa, ojos de un hombre habituado al mando, eran lo único que justificaba la fama del capitan Llovet, la leyenda sombría que flotaba entorno a su nombre. Había pasado su vida continua en lucha con La Marina Real inglesa, burlando la persecución de los cruceros en su famoso bergantín repleto de carne negra que transportaba desde la costa de Guinea de las Antillas. Audaz y de una frialdad inalterable, jamás le vieron vacilar sus marineros.



Una mañana lluviosa, el capitan vio correr gente hacia el mar, y allá fue, contestando con gruñidos a la familia que le hablaba de su reúma. Lejos, en la bruma que cerraba el horizonte, corrían como ovejas asustadas las barcas pescadoras, con la vela casi recogida y negruzca por el agua, sosteniendo una lucha de terribles saltos, enseñando la quilla en cada cabriola, antes de doblar la punta del puerto, amontonamiento de peñascos rojos entre los que hervía una espuma amarillenta, bilis del irritado mar.

Una barca desarbolada iba como pelota de ola en ola hacia la siniestra punta. La gente gritaba en la playa viendo a los tripulantes tendidos en la cubierta, anonadados por la proximidad de la muerte, se hablaba de ir hasta la barca, de echar un cabo, de atraerla a la playa; pero los más audaces, mirando las olas que se desplomaban, se cayaban atemorizados. La barca que saliera daría la voltereta antes de mover un remo.

- A ver: ¡gente que me siga! Hay que salbar a esos pobres.

Era la voz ruda e imperiosa del capitán Llovet. Se erguía sobre sus torpes piernas, la mirada brillante y fiera, las manos temblorosas por la cólera que le infundía el peligro. Las mujeres le miraban asombradas, los hombres retrocedían formando ancho corro y él prorrumpió en juramentos, agitando sus manos como si se fueran a cerrar a golpes con toda la chusma. Le enfurecía el silencio de aquella gente como si estuviera ante una tripulación insubordinada.

- ¿Desde cuándo el capitán Llovet no encuentra hombres que le sigan al mar?

- Presente, captán-gritaron a un tiempo unas cuantas voces temblonas.

Y abriéndose paso, aparecieron en el centro del corro cinco viejos, cinco esqueletos roidos por el mar y las tempestades, antiguos marineros del capitán Llovet, arrastrados por la subordinación y el afecto que crea el peligro afrontado en común. Era la vieja guardia corriendo a morir junto a su ídolo.

Los lobos de mar se abrieron paso para echar al mar una de las barcas. Rojos, congestionados por el esfuerzo, con el cuello hinchado por la rabia, sólo consiguieron que la barca se deslizara algunos pasos. Irritados contra su vejez, intentaron un nuevo esfuerzo; pero la mochedumbre protestaba contra su locura y cayó sobre ellos.

- ¡Dejádme, cobardes! ¡Al que me toque lo mato!-rugió el capitán LLovet.

Pero por primera vez, aquel pueblo, que le adoraba, puso la mano sobre él, le sujetaron como a un loco, sordos a sus súplicas, indiferentes a sus maldiciones.

La barca, abandonada a todo auxilio, corría a la muerte, dando tumbos sobre las olas. Ya estaba próxima a los peñascos, ya iba a estrellarse entre torbellinos de espuma; y aquel hombre, que tanto había despreciado la vida del semejante y que llevaba un nombre aterrador como una leyenda lúgubre, se revolvía furioso, sujeto por cien manos, blasfemando porque no le dejaban arriesgar la existencia socorriendo a unos desconocidos; hasta que, agotadas sus fuerzas, acabó llorando como un niño.





Vicente Blasco Ibañez

lobos de mar adaptación

viernes, 21 de noviembre de 2008

Se Oyó un ruido. Hernan vs. Nelson

De repente se oyó un ruido en la cubierta de un galeón español, los franceses e ingleses estaban asaltando Cartajena de Indias. Sergio, Blas de Lezo y yo fuimos al ataque, ayudamos a nuestros compatriotas con los cañones de proa y el costado de estribor y fuimos ganando la batalla hasta que el almirante inglés Nelson mandó más refuerzos. Llevábamos cinco días aguantando en el fuerte.

Pero..... ideamos un plan. Asaltaríamos dos barcos ingleses y un francés y los hundiríamos en la bocana del puerto.


Sergio dijo: - Tenemos que reforzar los castillos de las puntas.


Blas de Lezo propuso sacar la bandera blanca en señal de que nos rendíamos. Sergio y Blas de Lezo se van a la bocana del puerto con la bandera blanca. Mientras, Hernán y unos hombres se preparan con las escopetas, cuando encallan en los barcos hundidos.


Hernán dispara con sus hombres a los ingleses.

Llevábamos dos meses aguantando en los fuertes, éramos cinco mil y ahora somos mil cuatrocientos.


Nelson, el almirante inglés había avisado a Inglaterra, antes de la derrota inglesa creyendo que la victoria sería suya , pero perdió veinte barcos y ocho mil hombres. El rey inglés Andrés V, ordenó que esa derrota se borrase de los libros y que no la volvieran a oir más. En cambio, los españoles cada vez que veían a un inglés se "partían de risa" pero ahora se está empezando a hablar más de la verdadera historia.


Claro está, esta es inventada.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Una tarde en el Circo


Estábamos dentro del circo cuando salió una mujer con serpientes por el cuerpo y nos dejó tocar a las serpientes y entonces se metió en un ataúd con la serpientes dentro, después un señor con dos guepardos domados y entonces salió un trineo con ruedas tirado por perros. Después había unas barreras para saltar, entonces casi todos los perros saltaban menos uno que pasaba por debajo. Y luego salieron varios payasos haciendo malabares, entonces salieron todos bailando.



FIN